Mientras vivimos ganan los que tienen fe frente a quienes no. Este proceso metal – la fe – actúa en la mayoría de los casos como un analgésico ante la angustia existencial, ante el sinsentido que parece el nacer para morir.
Pero una vez muertos basta imaginar que los creyentes tienen razón que existe un dios o una forma de vida trascendente a la material. Entonces qué pasaría con los ateos, con los agnósticos o con quienes ni por asomo se han planteado nunca la idea de dios.
Según me contó, en cierta ocasión, un sacerdote en el reino de los cielos entran los buenos de corazón después de ser preguntados sobre qué han hecho por los demás.
Claro, esto nada tiene que ver con creer o no. El amparo divino debería tener entonces otras reglas que no fueran las impuestas por los monjes de cualquier religión, ya que al final la no creencia no es sinónimo de inexistencia. Menudo chasco entonces.